No es quedarse aislado
Viajar solo no es desaparecer. Es elegir el horario, el desvío y el silencio sin negociarlos. El primer día se siente raro porque nadie confirma que el café esté bien o que la calle sea la correcta. Al segundo, esa duda se vuelve libertad: el mapa empieza a ser tuyo.
La compañía no se pierde. Cambia de forma. Aparece en el mostrador, en la fila del mercado y en la persona que se sienta en la mesa de al lado porque hay un lugar vacío. Ir solo abre esas conversaciones. En grupo, casi siempre se quedan adentro del círculo.