LA CIUDAD QUE TAMBIÉN HABLA DE NOCHE
Santiago tiene una costumbre difícil de abandonar: seguir funcionando cuando ya debería estar descansando.
La cena se llena de mensajes. La semana siguiente aparece entre un plato y otro. Alguien revisa el tránsito, alguien responde un correo, alguien dice que el lunes hay que ver un tema. Incluso las parejas que logran sentarse juntas terminan organizando algo.
No es falta de amor.
Es exceso de ciudad.
Por eso el Valle del Elqui no empieza al ver los cerros secos, los parronales o la primera curva larga hacia el interior. Empieza cuando ambos aceptan que durante tres noches no hace falta poner al día la relación, decidir el futuro ni tener una conversación trascendental antes de las once.
El descanso de a dos no siempre consiste en hacer más cosas juntos.
A veces consiste en dejar de hacerlas con urgencia.
