LA CIUDAD QUE LEE DE PIE
Ciudad de México tiene una relación voraz con la cultura.
Hay librerías, museos, estrenos, inauguraciones, talleres, conciertos, muestras, ferias y conversaciones sobre todo eso. La ciudad parece haber entendido que el arte es importante, y decidió no dejarle nunca una tarde libre.
El resultado es hermoso.
También agotador.
Uno puede pasar un mes entero prometiéndose que va a leer con calma, mirar una exposición sin revisar el teléfono o empezar ese cuaderno que compró porque le gustó la tapa. Después aparece otro plan, otra avenida, otra hora de traslado, otra cena que termina más tarde de lo pensado.
Así se vive en una ciudad infinita: acumulando cosas que uno quiere hacer.
Por eso Puebla no empieza cuando aparece una fachada de azulejos.
Empieza cuando uno acepta que durante tres noches no tiene que ponerse al día con la cultura. Puede llegar tarde a un libro. Puede mirar una pieza sin saber quién la hizo. Puede caminar sin convertir cada esquina en una recomendación.
La primera libertad del viaje es dejar de consumir belleza como si fuera una tarea pendiente.
