UNA CIUDAD QUE NO CONOCE EL LLANO
Ouro Preto empieza en las pantorrillas.
Uno llega pensando en iglesias, balcones y fotografías de calles coloniales, pero la ciudad tiene otra forma de presentarse: inclina el suelo. Cada esquina exige un pequeño esfuerzo y cada subida parece haber sido diseñada para recordar que aquí nada ocurrió en línea recta.
Las casas se acomodan como pueden sobre las laderas. Los tejados aparecen unos encima de otros. Una torre se asoma entre fachadas; un callejón desaparece antes de revelar dónde termina. El mapa dice que faltan tres cuadras. Las piernas opinan que falta bastante más.
El grupo empieza a negociar con la pendiente. Alguien acelera, otro pide una pausa que disfraza de fotografía y alguien descubre que eligió el calzado siguiendo criterios puramente estéticos.
Así comienza el viaje.
Ouro Preto no es un decorado colonial. Fue uno de los centros del ciclo del oro, escenario de disputas políticas y territorio construido mediante riqueza, desigualdad y trabajo esclavizado. Sus iglesias, fuentes, puentes y fachadas no cuentan una única historia: guardan versiones distintas de un mismo pasado.
Por eso conviene recorrerla despacio y con contexto. No para memorizar fechas, sino para descubrir que la historia cambia cuando uno debe caminar sobre ella.