LA CIUDAD DONDE HASTA EL HAMBRE TIENE PRISA
Ciudad de México permite comer bien en cualquier momento.
Ese es uno de sus grandes talentos. También uno de sus pequeños problemas.
Se desayuna entre mensajes, se almuerza mirando el reloj, se cena mientras alguien termina de contar algo que quedó pendiente desde el lunes. Hay una taquería para cada urgencia, una recomendación nueva cada semana y una lista infinita de lugares que todavía no se probaron.
Comer puede convertirse en otra forma de avanzar.
Por eso Oaxaca propone una interrupción bastante simple: sentarse.
No para hacer una ceremonia. No para encontrar el platillo definitivo. No para fotografiar cada cosa antes de probarla.
Sentarse porque una comida necesita tiempo para contar de dónde viene.
Viajar de a dos a Oaxaca no debería parecer una competencia por encontrar el mejor mole, la mejor tlayuda o el mezcal más interesante. El viaje empieza mejor cuando se acepta que no se va a llegar a todo.
Y que está bien.
Hay ciudades que se recorren mirando arriba. Oaxaca también pide mirar hacia la mesa.
