La ciudad donde los supermercados llegan por agua
En Buenos Aires, hasta el cansancio tiene agenda.
Suena el teléfono. Se prende el horno. Se llena el subte. Aparece una cena que ya habías aceptado sin recordar por qué. La ciudad tiene esa capacidad casi admirable de convertir cualquier martes en una negociación con el tiempo.
Por eso el Delta empieza antes de llegar al agua. Empieza cuando decides que, durante tres noches, no vas a tener una explicación especialmente brillante para estar disponible.
No hace falta irse al otro lado del mundo para notar que uno vive acelerado. A veces alcanza con subir a una lancha y mirar cómo las avenidas se convierten en canales, los taxis en embarcaciones y los carteles luminosos en muelles de madera. El Delta del Paraná está lo suficientemente cerca de Buenos Aires como para no requerir una gran estrategia, pero lo bastante lejos en ritmo como para que la cabeza tarde un poco en alcanzarlo.
Eso es lo primero que cambia: el río no tiene apuro por demostrarte nada.
En las islas, las direcciones no suelen estar hechas de esquinas. Hay nombres de arroyos, desembarcaderos, casas que se reconocen por una galería, una canoa atada o un árbol que ya estaba ahí antes que todos. Los vecinos se saludan desde el agua. Los pasajeros bajan con bolsas, plantas, pan, valijas y perros. Los suministros llegan navegando.
Y, sin anunciarlo, el mundo se vuelve otro.
