LA CIUDAD QUE PIDE PRUEBAS DE TODO
Bogotá tiene una relación intensa con la evidencia.
Hay que confirmar la hora, reenviar el correo, llegar antes, guardar el recibo, sacar la foto, avisar que uno ya llegó. Incluso los planes más simples parecen necesitar una captura de pantalla para existir.
La ciudad no tiene la culpa. Está haciendo demasiadas cosas al mismo tiempo.
Pero después de un rato, esa costumbre se mete en el cuerpo. Uno empieza a mirar cualquier paisaje pensando cómo contarlo antes de haberlo vivido. Busca el encuadre antes de encontrar la escena. Y confunde registrar con estar.
Por eso la Tatacoa empieza como una pequeña desobediencia.
No porque sea un lugar sin ruido. El viento existe, los insectos existen, la tierra cruje bajo los zapatos y el calor tiene argumentos bastante convincentes. Pero el paisaje no explica nada de inmediato.
Primero desconcierta.
Luego obliga a mirar otra vez.
