La ciudad que cree que todo entra en un día
São Paulo tiene una habilidad admirable para llenar cualquier espacio vacío.
Un café se toma entre dos llamadas. Un almuerzo se convierte en una reunión. Una noche con amigos termina con alguien mirando la hora porque al día siguiente hay que volver a empezar temprano. La ciudad no descansa: administra pausas.
Por eso, un grupo que sale desde São Paulo hacia la Chapada Diamantina hace algo más que irse de viaje. Interrumpe una costumbre.
Cinco noches parecen suficientes hasta que uno llega a un territorio donde las montañas, los ríos y las cuevas no obedecen la lógica de la agenda. Ahí aparece una verdad sencilla: no todo lo valioso puede verse entre el desayuno y la cena.
La Chapada no es una colección de cascadas para completar. Es un paisaje inmenso, formado por piedra, agua y distintas capas de vegetación. Hay zonas de Caatinga, campos rupestres, influencias de Cerrado y Mata Atlántica. Hay pueblos cuya historia está atravesada por el ciclo del diamante. Hay senderos que exigen orientación, tiempo y atención.
Y hay un grupo de amigos que, por fin, no tiene que llegar a ninguna parte antes que los demás.