La montaña que estaba ahí
Santiago tiene una relación extraña con la cordillera.
La mira desde oficinas, terrazas, taxis, edificios altos y ventanas que no se abren. La usa para saber si el día está despejado, para calcular el frío, para explicarle la ciudad a quien viene de visita. Está siempre ahí: inmensa, correcta, fotogénica.
Y, sin embargo, para mucha gente sigue siendo fondo.
No es una crítica. Es una de las consecuencias de vivir en una ciudad que exige velocidad. Cuando cada día se parece a una lista de pendientes, hasta una cordillera puede quedar reducida a una postal detrás del tráfico.
El Cajón del Maipo empieza a desarmar esa costumbre apenas la ciudad queda atrás. El camino sube, el río aparece, las pendientes se vuelven más claras y el teléfono empieza a buscar señal con una ansiedad que se parece demasiado a la nuestra.
Viajar solo hacia la montaña no es hacerse el valiente. Es aceptar que, por tres noches, nadie va a decidir por ti cuándo parar, cuándo mirar o cuándo volver a hablar.
