EL LUGAR AL QUE NO SE LLEGA MANEJANDO
Montevideo tiene una manera muy educada de cansar.
No empuja. No grita. No exige que alguien se vaya. Simplemente acumula: una reunión que se extendió, un mensaje que se contestó demasiado rápido, el café tomado de pie, la sensación de estar ocupado sin recordar exactamente en qué.
Por eso Cabo Polonio empieza bastante antes de ver el mar.
Empieza cuando se acepta que no habrá una carretera hasta la puerta. Que parte del camino se cruza entre dunas. Que el vehículo deja de ser una extensión de uno mismo y pasa a ser un recuerdo estacionado en otro lugar.
Hay destinos que se anuncian con carteles. Este se anuncia quitándolos.
La llegada no tiene la solemnidad de una película. Tiene arena en los zapatos, viento en la cara y esa incomodidad breve de no saber todavía dónde dejar las cosas. El paisaje no se presenta. Está ahí, como si hubiera existido perfectamente bien antes de que alguien llegara a fotografiarlo.
Cabo Polonio forma parte de un área protegida donde las dunas móviles, la costa oceánica, las formaciones rocosas y la fauna no están para decorar una escapada. Están para recordar que el territorio tiene sus propias reglas.
Y esa es, probablemente, la primera buena noticia del viaje.
